El Valle Panama (El Valle de Antón)

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La Leyenda de Las Mozas


Las Mozas

POR LUISITA AGUILERA P.

El chorro de las mozas

La villa de Penonomé está de fiesta. Se celebra un juego de balsería y de todos los contornos se dirigen al poblado del cacique ansiosos de presenciar el encuentro entre los bandos rivales.

Pintarrajeados los rostros y los cuerpos, los hombres lucen su fornida musculatura apenas cubierta con un breve taparrabo. Adornaban sus cabezas con las plumas preciosas del quetzal y el guacamayo, y las chaquiras de trocitos de oro caen sobre los pechos nervudos. Las mujeres, con sus naguas de tejido fino y sus lindas joyas de rico metal, se prestan a premiar con sus sonrisas y su mano a aquellos mozos que resulten vencedores. De las tierras de Cherú eran muchos los que salían para el poblado de Penonomé a presenciar el partido. Siendo muy amigos los dos tebas, no era nada raro que las gentes de uno y otro tuvieran muy estrechas relaciones reforzadas con alianzas matrimoniales.

Guerreros, plebeyos, damas de alta alcurnia, mujeres del pue- blo, esclavos, todos marchaban a la fiesta animados por la grata perspectiva de varios días de jolgorio. Entre las mujeres principales iban tres doncellas hermosísimas hijas de un noble, amigo de Cherú y del señor de la comarca hacia la cual se dirigían. Habían sido invitadas al juego que iba a celebrarse y por ningún motivo se habrían privado de él. Con ellas marchaba Caobo, el más diestro y ágil de los mozos de la tribu; el más temible contendor de las gentes de Penonomé. Su habilidad para golpear la pantorrilla del contrario con el liviano balso y su destreza para escapar al golpe cuando era el atacado, arrancaba las más exaltadas exclamaciones a hombres y mujeres.

Las tres muchachas sufrían en secreto. De nada les servía su condición ni su belleza. No tenía importancia que su padre fuera un famoso guerrero dueño de tierras, de esclavos y señor de muchos vasallos. Caobo, el hombre que ellas amaban no hacía caso de su amor. No se daba cuenta de sus miradas tiernas, de sus deseos de aparecer lindas y atractivas para él.

En efecto, el joven guerrero, apenas si había mirado con interés a las hijas de Tobalo. Las encontraba bellas, pero nada más. Su corazón estaba preso en los encantos de una gentil muchacha de las tierras de Penonomé. De ahí que acudiera complacidísimo al juego de la balsería. Deseaba ver a su amada, recibir sus sonrisas, sus gestos de aprobación y sus palabras cariñosas.

Las hijas de Tobalo nada sabían de los amores de Caobo, y cada una, sin comunicárselo a la otra, estaba dispuesta a hacer cuanto fuera posible por ser la preferida. Ignoraban que a un mismo hombre aspiraban las tres. Mas, el joven insensible a los hechizos de las bellas, permanecía indiferente a sus palabras insinuantes, a sus miradas llenas de pasión. —¿Por qué —se preguntaban las muchachas—, Caobo se muestra así tan frío?

Y atisbaban en los rostros de todas sus amigas y de todas las mujeres que eran lindas y hermosas para encontrar la respuesta. Siguieron los pasos de Caobo. Indagaron, buscaron. Ninguna de las muchachas de la tribu interesaba al mozo. Cuando mezclados los hombres y las mujeres de la tribu bailaban y cantaban areytos, veían que Caobo sin tomar participación en la danza tan propicia para que los que se gustaban pudieran estar juntos, no tomaba parte en ella. Se quedaba conversando con los viejos o con aquellos para los que tales regocijos no tenían ya interés alguno.

Tobalo, el padre de las jóvenes, nada sabía de este amor, y las instaba para que tomaran como compañero a alguno de los pretendientes que las festejaban, pero ellas con la esperanza de conquistar al que deseaban, optaban por esperar un poco más. Entre tanto consultaban al tequina, el hechicero de la tribu, y pedían a los dioses, pero éstos se mostraban sordos a sus súplicas. Las lunas se fueron sucediendo y cuando llegó la fiesta de la balsería, las tres muchachas engalanadas con sus naguas más lujosas y sus adornos más bellos, acudieron con los demás al poblado de Penonomé.

Como de costumbre, Caobo fue en el juego, el centro de atracción de todas las miradas, mas, indiferente a los aplausos, a los gritos de entusiasmo de los hombres, a las sonrisas y a los suspiros de las mujeres, sólo tenía ojos para Ruti, la bellísima plebeya que lo tenía hechizado.

Las tres hermanas se descubrieron observando con interés celoso las miradas que se cruzaban entre Caobo y su enamorada y conocieron lo que ellas mismas y él tan ocultamente guardaban en su pecho. La fiesta perdió para ellas todo su atractivo y desearon volverse. Querían encontrarse a solas con sus pensamientos y sus penas. De nada habían valido sus ruegos a la divinidad protectora de la tribu, su amor no podía ser correspondido.

Durante varios días ninguna quiso tratar el asunto. Deseaba cada una despreocupar y desengañar a las restantes haciendo ver que la cosa estaba ya olvidada. Mas, una noche en que la luna muy clara y muy llena teñía de blancura los montes y los valles, tres figuras se deslizaban del poblado indio que se asentaba en un ameno valle de las montañas coclesanas, en las tierras de Cherú. Eran las hijas de Tobalo, que sin consultarse, pero impelidas por igual sentimiento, se dirigían hacia el río caudaloso y murmuriente que corría entre precipicios y peñascos rodeando el caserío.

Por diversos caminos pero casi al mismo tiempo llegaron las doncellas a una de las orillas en donde había una gran laja; un saliente de roca que llegaba hasta más allá del borde del río. Se sorprendieron al verse juntas en tal lugar; pero quizá cada una comprendió lo que pasaba en el corazón de la otra y no se hicieron preguntas.

Se sentaron en la peña y miraron hacia el río que se precipitaba sonoro por su lecho de piedras. Y su pena y su angustia por muchos días contenidas estallaron al fin. Lágrimas incontenibles mojaban sus mejillas y llegaban hasta la corriente que parecía gemir también, como acompañándolas en su quebranto y en su duelo.

Lloraban sin consuelo las tres mozas y su llanto inagotable caía y caía sin cesar, fue haciéndose más fuerte con el correr de las horas, y convirtiéndose en tres chorros que se precipitaban en las aguas del río con el fragor argentino de una masa de finísimos trocitos de cristal que se despeñara de la altura.

La mayor de las tres hermanas miró un instante con los ojos todavía nublados la corriente espumosa que sus lágrimas formaran. Llamada por las voces misteriosas que parecían surgir de las ondas, se acercó aún más al borde de la roca. De pronto abrió los ojos extraordinariamente, curvó sus labios una sonrisa placentera, abrió los brazos y se dejó arrastrar cuesta abajo hacia el abismo. No tocaba su cuerpo el fondo, cuando la siguieron las otras dos. Ambas habían advertido sus gestos y al ver el súbito resplandor que iluminaba el rostro de su hermana al lanzarse al vacío, creyeron que allí abajo estaba la felicidad y fueron en pos de ella.

La muerte no vino para las tres mozas en aquellas profundidades. Los genios de las aguas las habían recibido. Un rato permanecieron aletargadas; cuando volvieron en sí, se miraron sorprendidas. Rieron olvidadas de todo. Podían lo mismo que en la tierra vivir bajo las aguas. Allí se quedaron libres de todo padecimiento terrenal.

Las hijas de Tobalo no volvieron a salir de su mundo acuático. Allí se quedaron para siempre, y a veces se las ve. En la noche de San Juan, en el preciso instante en que se pasa de uno al otro día, se las oye retozar bulliciosas y alegres. Los pescadores y los que salen en tal día y en tal momento a bañarse en el río las han visto. Juguetonas y sonrientes, las tres ofrecen con grato ademán a los que allí se encuentran, sus totumas y sus peines de oro. Pobre de los incautos que se disponen a tomarlas. —Aquí las tienen —dicen ellas con hechizante sonrisa— vengan a buscarlas.

Las tiran a un gran charco en donde todos las ven flotar. Al contemplar así, al alcance de su mano los objetos de oro, los que los quieren siguen el fatal consejo de las mozas y allá se dirigen. Un fuerte remolino los recibe. Intentan escapar, pero las olas los envuelven. Un grito de auxilio, una mano que se agita. Después, nada. Las aguas pasan despreocupadas y tranquilas por encima de las víctimas de las tres mozas que vengan así su desdeñado amor.
Las Mozas Waterfall, Anton's Valley

¿Cómo Llegar al Chorro Las Mozas?

Desde La Central, pasa el mercado, la iglesia y el puentecito, y doble a la izquierda. En la siguiente intersección doble nuevamente a la izquierda y sigue unos 2 kilómetros mas. Deja su auto al lado del sendero y avanza unos minutos a pie. Sigue el corriente del Río Antón encontrando pequeñas cascadas, formaciones rocosas y corrientes de agua rápidas. Despues de caminar unos 10 minutos, encontrará el primer Chorro de Las Mozas.
Las Mozas Waterfall, Anton's Valley Si busca un lugar para acampar, descansar y apreciar las exuberancias de la flora y fauna no hay como el Chorro de las Mozas sus aguas cristalinas, refrescantes y lo invitan a disfrutar de un agradable baño.
Las Mozas Waterfall, Anton's Valley
Las Mozas Waterfall, Anton's Valley
Fotos cortesia de: Christian Goldner      


 
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